3 de octubre de 2025
2007, 111'
Anna, su marido George y su hijo de diez años se van a descansar a su residencia de vacaciones situada al lado de un lago. Nada más llegar, aparecen dos jóvenes aparentemente muy educados que dicen ser amigos de los vecinos y que les piden unos huevos. Remake norteamericano (casi una copia) de la película homónima de Haneke, de 1997.
En un mundo en el que los remakes cada vez están más de moda, todavía no es tan común encontrárselos a manos del mismo director que su versión original. Haneke opta por repetir su Funny Games esta vez en inglés con un reparto mucho más conocido, contando con Naomi Watts y Tim Roth para interpretar a la pareja a la que le espera una noche muy particular y terrorífica, pareciendo sacada directamente de los pensamientos intrusivos de aquellos que tenemos ansiedad. Se juntan a ellos, en el papel de esos dos jóvenes que aparecerán en su puerta, Michael Pitt y un entonces desconocido Brady Corbet, que el año pasado dirigió The Brutalist y que ahora nos cuesta creer que se traten de la misma persona. El reparto y el idioma cambia pero todo lo demás de Funny Games se mantiene exactamente igual, porque en esta nueva versión Haneke ha optado por reproducir plano a plano lo que hizo en la original, dando lugar a una copia casi exacta. Podría apostar a que los diálogos y el vestuario eran exactamente los mismos. Las ciertas diferencias que podemos encontrar seguramente sean, por tanto, consecuencia de conocer ya la historia por haber visto su versión de 1997 – y es que en una película como esta la experiencia de su visionado es radicalmente distinta cuando se trata de la primera vez que cuando se está revisitando. Como era de esperar, el nivel de tensión no se siente igual, quizás por conocer ya cuál va a ser su final, o posiblemente también por la diferencia en la manera en la que la hemos visto (en el caso de la original la pude ver en una sala de cine Yelmo, y este remake ha sido en un cineclub que tiene lugar en un aula de una Universidad). Momentos que en la vez que descubrí la versión de 1997 (como todos aquellos en los que Paul rompe la cuarta pared y nos habla a nosotros, su público, o, por supuesto, cuando rebobina la propia película que estábamos viendo para cambiar el trágico destino de su compañero y evitar que la historia de este matrimonio cuente con un pequeño resquicio de esperanza) no son esta vez tan impactantes ni provocan la misma reacción casi física en nosotros, seguramente no por ser técnicamente una película diferente e incluso no por el formato en la que la hemos visto, sino porque a uno no le pillan desprevenido. A pesar de que apenas aporte nada nuevo a lo que ya era una película magnífica, el mero hecho de revisitar su historia nos da la oportunidad de reflexionar todavía más en ella. Las escenas magistrales de entonces lo siguen siendo ahora, como ese larguísimo plano secuencia después de que Georgie sea asesinado y la cámara se quede en el salón en el que se encuentran sus padres, pero al no estar nosotros lidiando con el shock del primer visionado podemos apreciar otros aspectos de las mismas. Tengo gran aprecio a las películas que, en momentos en los que nos fuerzan a lidiar con muertes, especialmente en aquellas en las que el resto de los personajes en pantalla no tienen que continuar de inmediato con sus acciones porque se encuentran en medio de una guerra o una gran catástrofe, se atreven a dejar la cámara más de lo que uno está acostumbrado en el cine y nos obligan a lidiar con la realidad del fallecimiento de otros: que no hay una escena que tres minutos más tarde corta al día siguiente en el que uno parece aparecer en un tanatorio, sino que el tiempo sigue de manera continua. Los padres de Georgie no pueden cortar a una escena que tiene lugar unas horas más tarde, así que deben seguir con aquellas cosas que tienen que hacer en ese momento. Levantarse, apagar esa televisión. Desatarse y tratar de buscar el teléfono para pedir ayuda. Resultará absurdo para algunos teniendo en cuenta el horror que acaban de presenciar, pero ese plano secuencia refleja una realidad mucho más pura que todas esas escenas de medio minuto en las que solo vemos los gritos de horror de aquellos que presencian una tragedia. Una decisión muy acertada por parte de Haneke y que además hace que la secuencia se vuelva más perturbadora, más incómoda para su público, que parece pasarlo cada vez peor con esta magnífica película. Podemos cuestionarnos qué sentido tiene que el director repita su propia obra sin cambiar prácticamente nada en ella, pero de alguna manera consigue que funcione y no nos resulte molesto o absurdo encontrarnos con una réplica así. Una segunda manera de ver una película tan particular como lo es su obra de 1997.
Reparto: Naomi Watts, Tim Roth, Michael Pitt, Brady Corbet, Siobhan Fallon, Boyd Gaines, Devon Gearhart, Robert Lupone, Linda Moran
