24 de mayo de 2025
2025, 115'
Dirección: Oliver Laxe
Un hombre y su hijo llegan a una rave perdida en medio de las montañas del sur de Marruecos. Buscan a Mar, su hija y hermana, desaparecida hace meses en una de esas fiestas sin amanecer. Reparten su foto una y otra vez rodeados de música electrónica y un tipo de libertad que desconocen. Allí deciden seguir a un grupo de raveros en la búsqueda de una última fiesta que se celebrará en el desierto, donde esperan encontrar a la joven desaparecida.
El último día en el festival de Cannes empieza en el Debussy a las ocho y media de la mañana con una de las dos películas españolas que están en competición en la sección oficial. Sirât llega a las salas españolas dos semanas después de su paso por el festival de la Costa Azul, así que esta reseña será apta para los muchos que ya la hayan visto. Para los que no, pido que dejen de leer y hagan todo lo posible para llegar a la última película de Laxe sin saber nada de ella. Es así como la vivimos en el festival, y es esa la mejor experiencia que puede brindarle a su público. Una película a la es mucho mejor ir no solo sin conocer sus giros argumentales, sino sin saber demasiado sobre su tono.
Nos sentamos en nuestras butacas, en un teatro completamente lleno, para ponernos en manos de Oliver Laxe. Hacemos un ejercicio de confianza ciega en el director y dejamos que nos lleve en una aventura que solo él conoce. Laxe, un brillante artista, es consciente de que tiene nuestra confianza y del poder que eso le otorga. Y sin duda lo usa al máximo. Sirât empieza ya con fuerza, tanto en sus imágenes como en su banda sonora, metiéndonos de lleno en una rave de la que sus protagonistas no tardarán en salir. Nos encontramos a un Sergi López que va en busca de su hija con la compañía de su hijo menor, encontrando a un grupo de raveros que les llena de esperanza al mencionar que hay una segunda fiesta donde quizás puedan encontrarla. Lo que sigue es lo que creemos que va a ser la película: una aventura por el desierto, un viaje complejo a lo largo del cual nuestros personajes se conocen, conversan y entablan una cierta relación. Vemos el contraste entre el Luis que interpreta el gran Sergi López, un hombre muy español y muy normal pero no por ello poco profundo, y el grupo de jóvenes cuyas personalidades parecen ser todo lo contrario. Esteban, su hijo, juega con la perra de cuando en cuando. Comparten experiencias, hablan de la familia y se trenzan el pelo. Racionan la comida, empujan furgonetas. Estamos viendo una road movie dramática. Las manos de Oliver Laxe nos sujetan, habiendo confiado nosotros en ellas y creyendo conocer el camino por el que nos van a llevar. Y de repente, de la nada, nos sueltan al abismo.
Decía Joan Didion en su primera página del maravilloso El año del pensamiento mágico: "La vida cambia en un instante. Un instante normal". La razón por la que la mayoría de tragedias son eso, trágicas, es porque pasan de la nada, porque ocurren cuando uno cree que nada puede ocurrir. Los gritos de Esteban nos ponen en alerta mientras vemos que la furgoneta en la que jugaba con su perra empieza a ir hacia atrás, movimiento antinatural, inesperado. Luis grita que tire del freno mientras nosotros tratamos de procesar lo que ocurre, pero en cuestión de segundos la furgoneta ha caído a un abismo muy parecido a aquel al el que nos ha lanzado Laxe junto a Esteban. El público está tan en shock como Luis, y se escucha en el Debussy un grito ahogado compartido entre los 1055 acreditados que hemos entrado en el teatro confiando en Laxe, poder del cual el director ha abusado de la manera más brutal y magistral posible. Tardamos demasiado en entender, en procesar lo que ha ocurrido, pero sabemos en ese momento que Sirât acaba de elevarse a mucho más de lo que ya era. La genialidad de la película y de esos giros recaen precisamente en que no hay nada que te prepare para ellos. Tal y como ocurre en la vida real, no te suelta pistas graduales y claras para que te mentalices del trauma que estás a punto de presenciar. ¿Cómo vamos a confiar ahora en Laxe? ¿Cómo va a poder el gran director franco-gallego seguir con la película después de una escena así? Lo tiene muy difícil, pero de alguna manera parece retomar la calma sin caer en la trampa de ignorar aquello tan brutal que nos ha mostrado. Se menciona en el guion que Luis está en shock, que lo peor vendrá después. Quizás nos pase a nosotros lo mismo, quizás por eso podemos seguir con Sirât sin llegar a asimilar del todo lo que nos ha hecho sentir. La aventura sigue, esta vez sin Esteban, y nosotros seguimos con ella pero esta vez mucho más fascinados, intrigados y horrorizados. Aparecen las drogas, nuestros personajes bailan. Un impresionante desierto les rodea, esta vez ya lejos de los acantilados que nos pusieron los pelos de punta no mucho antes. Laxe sigue teniendo poder sobre nosotros, quizás todavía más de lo que ya tenía, y aprovecha que volvemos a confiar en él (y en que nos lleve por un camino conocido y seguro) para rompernos de nuevo. Otro shock, otro trauma. Otro instante de los que hablaba Didion. Unas minas ocultas bajo la arena hacen que otro de nuestros personaje explote de la nada, seguido poco después de un segundo ravero que, en su shock y desesperación, corre al lugar de la tragedia. Laxe lo ha vuelto a hacer, nos ha pillado desprevenidos de nuevo. ¿Cómo es esto posible, acaso no hemos aprendido ya? Estamos en territorio inexplorado. Nos encontramos, como ellos que están de pie en un campo de minas, en una película que puede explotar en cualquier momento. Sirât ya ha demostrado su magistralidad, nosotros estamos tensos en las butacas del Debussy y Oliver Laxe sigue manejando unos hilos que no podemos ver.
La película que nos ha roto sigue, todavía le queda media hora, y ahora estamos preparados. Vemos la tensión y entendemos la situación en la que se encuentran nuestros personajes. Ni siquiera un apagón en toda la ciudad de Cannes, que paró las proyecciones de repente y obligó al festival a utilizar generadores en la zona del Palais, llevando a que la película parara durante quince minutos, hace que se nos vaya esa tensión del cuerpo. Aquellos que quedan de lo que era nuestro grupo de protagonistas intenta lo que puede para salir de la que es una muerte asegurada. Deja avanzar a sus furgonetas vacías para encontrar un recorrido libre de minas, confirmando tan solo que las trampas mortales pueden estar en cualquier parte. No parece haber ningún resquicio de esperanza, así que es Luis el que toma la iniciativa, todavía en shock (igual que nosotros) y sin importarle demasiado la idea de morir. A él ya se le ha olvidado la razón de su viaje, la búsqueda de su hija mayor, y a nosotros también. Cruza caminando hacia unas rocas cercanas, y mientras lo observamos nos sentimos tentados a creer que no va a pasar nada, que siendo el protagonista no podría volar en mil pedazos de esa manera, que no podría acabar así la película. ¿Pero no sería eso confiar demasiado en Laxe, que ya ha jugado con nosotros en dos ocasiones? Si hay algo claro en Sirât es que nada está garantizado, así que nuestra tensión aumenta. Luis llega sano y salvo a su destino, tras lo cual uno de los raveros lo sigue corriendo mientras llama su nombre. Pisa sobre el mismo camino que ha marcado Luis sobre la arena, pero nosotros ya desconfiamos de la película, de Laxe y hasta de la electricidad que permite la proyección del Debussy. (Pensándolo bien, quizás ese apagón repentino haya sido la mejor manera de vivir esta película). La escena es larga, la cámara sigue su rostro mientras corre y llama a Luis, y cuanto más dura más juega con nosotros. Dándonos esperanza, o miedo, o ya quién sabe qué tipo de sentimiento después de todo el shock que llevamos dentro. Una espectacular banda sonora acompaña a una escena así de sufrida. Para los que creían que corrían (ellos y el personaje) sobre seguro, Sirât nos da malas noticias y hace explotar otra mina más. Una muerte truculenta de nuevo, recordándonos que en la película (y en la vida) no hay garantías. Ya no nos fiamos de nada. Nuestros últimos dos personajes cruzan para encontrarse con Luis sin saber si conseguirán llegar hasta él, y cuando por fin lo consiguen sin que una nueva mina explote no sentimos euforia ni alegría, porque al igual que Luis seguimos un poco en shock. Los tres protagonistas que nos quedan de los siete que fueron tiempo atrás acaban en un tren, habiendo olvidado ya la razón de su travesía y la rave a la que esperaban llegar. Todo lo que parecía relevante en la primera mitad de la película (la búsqueda de esa hija desaparecida, esa Tercera Guerra Mundial de la que se habla en la radio y que no llegamos a ver) ha quedado olvidado. El Sirât de Oliver Laxe nos ha roto, ha jugado con nosotros y consigue un enorme aplauso de un público traumatizado que llena el Debussy de Cannes.
Hay mucho en la película que queda en un segundo plano tanto en la pantalla como en nuestras mentes, y mucho contexto en el que quizás no reparemos cuando estamos demasiado ocupados procesando otras cosas. Sirât parece tener lugar fuera del espacio y del tiempo, al margen de la realidad. Escuchamos fragmentos de lo que está ocurriendo en el mundo, de guerras y conflictos, pero no parecen llegar a la burbuja de la rave en la que nos encontramos al principio ni la truculenta aventura en la que nos embarcamos más adelante. La película viene, además, acompañada de una brutal banda sonora que eleva todavía más los momentos dramáticos de la historia y de unas imágenes impresionantes de los lugares por los que pasa el grupo, haciendo de la obra una belleza visual aparte del efecto que tienen en nosotros los eventos que nos relata. Estoy segura de que incluso si se ve sabiendo algo sobre ella se reconoce igualmente que es una película fantástica, pero no me cabe ninguna duda de que la mejor manera de vivirla es yendo a ciegas. La experiencia es totalmente distinta cuando conoces (o crees conocer) algo de la obra que cuando llegas completamente vacío, entregándote a un director que va a jugar contigo de la mejor de las maneras. Te hace confiar y creer que tienes control hasta que te lo arrebata, haciendo de Sirât una obra interesantísima. La obra te rompe en más de una ocasión, y ha sido particularmente poético que haya coincidido ese apagón durante su proyección porque resultó ser todavía una manera más de descolocar al público, rompiendo la cuarta pared de manera completamente accidental y en una experiencia que solo vivimos aquellos que la vimos en el Debussy a las ocho y media de la mañana en el último día del Festival de Cannes. Sirât no se va de tu mente incluso cuando acaba y sigues con tu vida (y las siguientes proyecciones del día), quizás porque todavía nos lleve tiempo procesar todo lo que hemos visto. Una gran obra dirigida por un artista que sabe qué hacer cuando confiamos en él, que no tiene miedo a jugar con su público de la manera más cruel e inesperada posible. Laxe se supera en su última película, y deja el listón muy alto (quizás demasiado) para lo que nos quiera ofrecer a continuación.
Reparto: Sergi López, Bruno Núñez, Richard Bellamyun, Stefania Gadda, Joshua Liam Herderson, Tonin Javier, Jade Ouki