31 de enero de 2024
1971, 137'
(Primer visionado: 27 de julio de 2022)
(Tercer visionado: 25 de abril de 2025)
Gran Bretaña, en un futuro indeterminado. Alex es un joven muy agresivo que tiene dos pasiones: la violencia desaforada y Beethoven. Es el jefe de la banda de los drugos, que dan rienda suelta a sus instintos más salvajes apaleando, violando y aterrorizando a la población. Cuando esa escalada de terror llega hasta el asesinato, Alex es detenido y, en prisión, se someterá voluntariamente a una innovadora experiencia de reeducación que pretende anular drásticamente cualquier atisbo de conducta antisocial.
Hace alrededor de una década el mundo del cine vivió uno de sus cambios más radicales cuando las salas cambiaron los proyectores clásicos de película por los digitales, inaugurando una nueva era y, a su vez, dejando atrás algunos cines que no se pudieron permitir la actualización. Rodar con película era y sigue siendo más caro que hacerlo en digital, volviéndolo así una práctica cada vez menos común (que yo siento que empieza a tener su resurgir). En cuanto a la proyección, estoy bastante segura de que actualmente no hay ninguna sala asturiana en la que se pueda ver una película con un proyector clásico, y no tengo claro que haya muchos operativos en España. Es por eso que, subiendo a la capital inglesa, no podía dejar pasar la oportunidad de ver A Clockwork Orange en 35mm en el Instituto Británico de Cine (BFI).
Una amiga me preguntó hace tiempo si podía diferenciar entre una proyección digitalizada de una película rodada en analógico y su proyección clásica, ante lo cual le tuve que decir que no sabía porque seguramente la última vez que había visto una película proyectada (en el sentido literal de ambas palabras) fuera hace una década. Ahora sé a ciencia cierta que sí es una experiencia distinta, y ojalá pudiera repetirla más a menudo. Hay algo en la calidad de la imagen, en su textura, en la forma en la que vibra la imagen de las mejores maneras. Esta película es además de 1971 así que se le nota el paso del tiempo, pero casi que parece ganar mucho más de lo que pierde. La única manera que tengo de describirlo es que, un visionado en película analógica frente a uno de una digitalización, es casi como ver un cuadro clásico en la pantalla del ordenador frente a verlo en un museo. Se siente real, tangible. De alguna manera se acerca muchísimo más, infinitamente más, al fenómeno de la luz que debemos recordar que es la base del cine. Sientes, de hecho, que estás viendo luz de verdad. Las películas son luz, sombras, proyecciones literales de imágenes sobre una película. Que no se nos olvide nunca la casualidad casi divina de que los creadores del cinematógrafo se apellidaban, precisamente, Lumière. Es como si el destino estuviera escrito para ellos.
Pero la película no ha sido solo la experiencia en Southbank. Habiéndome visto toda la filmografía de Kubrick (sí, incluso sus cortos), de la cual soy una gran admiradora, poder ver una de sus obras en una sala es ya de por sí una gran suerte. He sentido, además, que se ve y aprende muchísimo más en el segundo visionado que en el primero. Para empezar, aprecio mucho cuando las películas se atreven a contarte su historia desde el punto de vista del que debería ser el malo, algo que hace de una manera mucho más dramática y radicalmente distinta a esta The Zone of Interest, de la que además nos pusieron un pequeño adelanto (esta vez digital) antes de la proyección. Te pone en una situación en la que no tienes tan claro en qué bando estar. La brillantez de A Clockwork Orange es tanto que no podría concentrarla toda en esta ya tan amplia reseña, pero no se puede evitar destacar su relevancia por los temas que trata. Los perros de Pavlov son humanos en esta ficción distópica, Alex es sometido al más puro condicionamiento clásico. Pero ni siquiera es ese el aspecto más interesante de su historia: es lo que pasa luego, la reacción de sus cuidadores y superiores una vez curado. No sienten alivio por su nuevo estado reformado, sino que disfrutan de ver su sufrimiento. No buscan bienestar sino castigo. Vemos en una escena una demostración de la efectividad del tratamiento de Ludovico, en el que Alex es presentado con situaciones que le llaman a la violencia o al deseo sexual. Los asistentes no aprecian el hecho de su curación tanto como disfrutan al ver cómo sufre al verse obligado a reprimir sus deseos sexuales o sus ganas de pegar una paliza. Se regocijan en su plan fructífero de frenar la sed de violencia de Alex, pero no logran darse cuenta de que están alimentando la suya propia. Puede que la violencia de Alex sea ultra pero la de ellos es sistemática y respaldada, que es mucho peor. Kubrick, además, se atreve a volver a Alex un ser educado e incluso agradable en ocasiones, confundiendo todavía más al público en su deber moral, que ya no sabe con quién posicionarse. Y eso sin hablar del hecho de que sea él quien narre la historia, apelando al espectador directamente como un amigo. Supongo que, en una última instancia, tu posición se decide en el momento en el que optas por sentirte de una u otra manera al ver a Alex sufrir por el tratamiento al que le han llevado sus propias acciones. Eres libre de elegir entre la ultraviolencia callejera y la violencia sistemática: buena suerte con ello.
He sacado tanto de este segundo visionado de la película que, nada más acabar, me ha quedado claro que si de algo estoy convencida es de que los clásicos (que no desagraden a uno demasiado) deben ser vistos por lo menos dos veces. Es una pena que solo tengamos una vida, que el tiempo sea ilimitado y que el cine disponible sea casi infinito. Aunque, pensándolo mejor, igual esto último no es tan malo. Seguiremos en las salas, buscando oportunidades y experiencias como estas, disfrutando de genios como Kubrick y de todo lo que el cine tiene que ofrecer.
Reparto: Malcolm McDowell, Patrick Magee, Michael Bates, Adrienne Corri, Warren Clarke, John Clive, Aubrey Morris, Carl Duering, Paul Farrell, Clive Francis, Michael Gover, Miriam Karlin, James Marcus, Geoffrey Quigley, Sheila Raynor, Madge Ryan, Philip Stone, David Prowse
Título en español: La naranja mecánica


















