11 de enero de 2024
2023, 117'
En los templos budistas de Luang Prabang conviven decenas de adolescentes. Uno de estos chicos lee el Bardo Thödol a una anciana, un texto que debe leerse a las personas antes de fallecer, pues sirve como guía para orientarse en el más allá. La anciana fallece y acompañamos a su espíritu por una travesía sensorial hasta reencarnarse en su siguiente cuerpo: un cabrito de un pueblo costero de Tanzania, donde crecerá acompañado de una familia de pescadores.
Vino al último Festival de Gijón, pero me coincidía con She-Hero así que no pude verla. Hablando con gente que sí fue a esa sesión me dijeron no solo que era maravillosa sino que era importante verla en la gran pantalla, así que ha sido una enorme suerte que la trajeran al Niemeyer este mes.
Samsara está dividida en dos partes, ambientadas en lugares distintos y con un cambio de personajes, y las historias solo se unen mediante la reencarnación de una anciana de la primera parte en una cabra que nace nada más empezar la segunda. Tengo claro que esta reseña será casi en su totalidad sobre esa transición entre ambas partes, sobre esa secuencia, pero es que cómo no va a serlo. Tras la muerte de la anciana la película nos pide que cerremos los ojos para acompañarla a su siguiente vida, y nos indica que no los abramos hasta que acabe la música. En el cine casi completamente lleno del Niemeyer le hacemos caso. Durante unos minutos no vemos nada, tan solo total oscuridad mientras la película sigue sonando. Después, destellos. Lo que ocurre en los siguientes siete o diez minutos es difícil de describir, porque nunca había vivido nada así. Asumo que en la pantalla se proyectan fuertes luces de distintos colores y formas que ninguno de los presentes podemos técnicamente ver, pero que en realidad sí vemos. Ocurre algo mágico mientras tienes los ojos cerrados. Llega un punto en el que te olvidas de que has cerrado los ojos, no solo por haberte acostumbrado, sino porque realmente ves. Tus párpados se han convertido en la pantalla, que se ha acercado tanto a ti que pasa a ser tú. La experiencia es verdaderamente indescriptible, y llamarla inmersiva sería quedarse cortos. Llega un punto en el que no sabes si lo que estás viendo (porque, sí, estás viendo con los ojos cerrados) es por lo que aparece en pantalla o por tu propia mente jugando contigo. En un momento dado el sonido, sin llegar a ser ensordecedor, hace que vibre ligeramente el suelo de la sala y añade todavía más a una experiencia que ya parece mágica. Ves los colores, los azules, los rojos. Ves las formas; círculos, luces que pasan de un lado a otro de tu visión que ahora sí es verdaderamente periférica, a diferencia de cuando estás mirando (con los ojos de verdad, no con los párpados) a la pantalla rectangular y delimitada. Cuando acaba la música y nos toca abrir los ojos estamos casi desorientados, como si nos hubiéramos olvidado de que lo que estábamos haciendo era ver una película y no experimentar una extraña sensación. La historia y los personajes han cambiado, y seguramente también nosotros después de esa única experiencia. Ya solo por esos diez minutos la película se merece todo el reconocimiento del mundo. Solo me queda preguntarme si Víctor Erice habrá visto esta maravilla en el año en el que, irónicamente, se estrena su Cerrar los ojos. Es una casualidad bellísima cuyo disfrute quedará reservado para los pocos que, además de conocer la última película de Erice, hemos tenido la suerte de encontrar y ver Samsara.
Reparto: Amid Keomany, Toumor Xiong, Simone Milavanh, Mariam Vuaa Mtego, Juwairiya Idrisa Uwesu
