17 de noviembre de 2024
2024, 125'
Retrato de una estrella del toreo en activo, Andrés Roca Rey, que permite reflexionar sobre la experiencia íntima del torero que asume el riesgo de enfrentarse al toro como un deber personal por respeto a la tradición y como un desafío estético. Este desafío crea una forma de belleza efímera a través de la confrontación material y violenta entre la racionalidad humana y la brutalidad del animal salvaje.
Hace unos años, llevada por la curiosidad y por mi patológica necesidad de conocer de primera mano todo lo relevante no solo para juzgarlo por mí misma sino para entender su importancia y las reacciones que provoca, me leí el Lolita de Nabokov. Una decisión a la que tampoco di mucha importancia en un principio pero que acabó en un mes entero arrastrando la lectura de un libro de 352 páginas que sigue siendo hasta la fecha la experiencia literaria con la que más he sufrido. Lo tremendamente descriptivo que es y lo bien escrito que está hacen de su lectura una experiencia enormemente desagradable. Todavía hoy sigo recordando lo horrible que me resultó leerlo, sin entrar sin embargo en valoraciones acerca de su calidad. Es muy difícil expresar lo que ha sido ver Tardes de soledad en el Festival de Cine de Gijón, pero si tuviera que compararlo con algo tendría que ser con ese duro mes de otoño en el que me llevaba Lolita a todas partes por ser incapaz de acabarlo. Por lo menos en el caso del libro de Nabokov podía posponer su lectura; con la película uno está casi secuestrado en la butaca durante sus dos horas y cinco minutos. Debo destacar que, por lo menos, con Lolita no era plenamente consciente de lo que me iba a encontrar. No sabía que la niña que le da nombre era tan extremadamente joven, ni que fuera narrada desde el punto de vista de Humbert Humbert. Con Tardes de soledad no puedo usar una excusa parecida, porque era perfectamente consciente de lo que iba a ver. Premiada en San Sebastián con la Concha de Oro y muy hablada desde entonces, la última obra de Serra es su primer documental, siguiendo al torero Andrés Roca Rey en varias de sus corridas así como los traslados en coche hasta y desde la plaza de toros y el proceso de ponerse esos trajes. En las corridas la cámara (o más bien el zoom) se acerca mucho más de lo que uno puede esperar de un documental así, mostrándolo absolutamente todo: el mayor horror, la tremenda violencia, la sangre, la lenta muerte del animal. Tampoco repara en mostrar al torero, sus movimientos y sus gestos, las breves conversaciones que tienen lugar en su círculo más cercano mientras torea. No me parece que la película sea necesariamente taurina ni antitaurina. De hecho, diría que cada uno puede ver en ella lo que prefiera. Los taurinos pueden apreciar la belleza de los movimientos del torero y de su atuendo (todo ello, por cierto, algo que se tiene también en el flamenco, enormemente bello y sin la parte violenta), y los antitaurinos podremos destacar (si es que somos capaces de superar el enorme sufrimiento que supone tan solo estar frente a la pantalla, que yo no tengo claro haber conseguido) la manera en la que refleja la más absoluta brutalidad del toreo, la violencia y la sangre, la lentitud con la que el animal muere después de sufrir sin ni siquiera entender lo que está ocurriendo. Quizás sea que lo criticable no es la película en sí, sino la actividad que refleja, esa que yo ya tenía asumido que todos veíamos como inexcusablemente cruel, pero que con la vuelta de la extrema derecha dejo de estar tan segura de ello. Albert Serra pone una cámara y te muestra lo que hay, quizás esperando que seas tú el que interprete lo que quiera. Ves no solo todo lo relacionado con el toro, sino también los comportamientos de esos niños y hombres pijos que seguramente voten a VOX y que rezuman testosterona y masculinidad (esta última frágil, aunque ellos no lo sepan). Ves el desprecio que tienen por la vida del animal y por la suya propia. No ves, curiosamente, al público, al que se escucha solo como un ruido de fondo. Cuando uno ve Tardes de soledad y la sufre tanto como lo he hecho yo, quizás empiece a darse cuenta o analizar ciertos detalles que podrían pasarse por alto pero a los que yo me aferraba para intentar alejar la atención de mi propio sufrimiento. Por ejemplo, la manera en la que se escucha a los vencejos de fondo en la última corrida, reflejando lo bello de la naturaleza y de la vida y contrastando con las imágenes que nos vemos obligados a ver. O quizás las similitudes que veo entre esta película y la de Gladiator II que vi hace dos días, la manera en la que ambas llevan a algún tipo de estadio a seres a los que consideran inferiores, buscando disfrutar no solo de su muerte frente a sus ojos sino del sufrimiento que tendrán que soportar hasta llegar a ella. No conozco la intención de Serra al hacer Tardes de soledad (y tampoco quiero intentar inferirla en base al corto encuentro que tuvimos con él después de su proyección), si pretende llevar a aquellos que la ven a un extremo o al otro, pero en el fondo no importa, porque una vez que se estrena una película pasa a ser de su público, que se vuelve dueño de la narrativa y convierte la obra en lo que sea que quieran interpretar de ella. Supongo que esa es la magia del cine, para bien o para mal. No puedo negar que la calidad artística de la película sea alta, pero es lo único en lo que me atrevería a calificarla, porque no soy capaz hacerlo en general. Será, de hecho, la primera película que en mi Letterboxd se quede sin una puntuación, y es que mi mente no es capaz de saber qué poner. Tardes de soledad ha sido para mí muy probablemente una de las experiencias más sufridas que he vivido en un cine; que eso hable positiva o negativamente de la película ya no lo sé, quedará a entendimiento de cada uno, tal y como ocure con la obra y su público.
Reparto: Andrés Roca Rey
Título en inglés: Afternoons of Solitude
