21 de marzo de 2024
2023, 106'
(Primer visionado: 23 de septiembre de 2023)
Dirección: Jonathan Glazer
El comandante de Auschwitz Rudolf Höss y su esposa Hedwig se esfuerzan en construir una vida de ensueño para su familia en una casa con jardín cerca del campo.
"Todas nuestras decisiones fueron tomadas para reflexionar y confrontarnos con el presente, no para decir ‘Mira lo que hicieron entonces’, sino ‘Mira lo que hacemos ahora’. Nuestra película muestra hacia donde nos lleva la deshumanización. Ha marcado todo nuestro pasado y nuestro futuro. Ahora mismo, comparecemos aquí como hombres que se niegan a que su judaísmo y el Holocausto se vean secuestrados por una ocupación que ha llevado al conflicto a tantas personas inocentes, ya sean las víctimas del 7 de octubre en Israel o del ataque que se está llevando a cabo en Gaza, todas las víctimas de esta deshumanización, ¿cómo podemos resistir?" ["All our choices were made to reflect and confront us in the present, not to say look what they did then, but rather look what we do now. Our film shows where dehumanization leads at its worst. It’s shaped all of our past and present. Right now, we stand here as men who refute their Jewishness and the Holocaust being hijacked by an occupation which has led to conflict for so many innocent people. Whether the victims of October — whether the victims of October the 7th in Israel or the ongoing attack on Gaza, all the victims of this dehumanization, how do we resist?"]
Con estas palabras recibía Jonathan Glazer su Oscar a mejor película internacional el pasado 10 de marzo, con las manos temblorosas mientras leía de su papel. He incluido también el discurso original en inglés, porque me parece importante tener en cuenta la precisión de sus palabras. Volveré a este texto más adelante, pero me parecía vital empezar usando la propia voz del director.
Mi historia con Jonathan Glazer y esta película en particular es extensa e interesante, pero no debo entrar en ella por si me meto en problemas, así que tendré que dejar fuera una gran parte de lo que The Zone of Interest significa para mí. Sí puedo decir que la primera vez que la vi fue en el Festival de San Sebastián, al día siguiente de su premiere y habiéndome comprado precisamente ese día previo el libro en el que se basa. Ir a trabajar al Zinemaldi es una experiencia única pero también implica que lo que puedes ver allí (si es que hay tiempo para ello) se hace con algo de cansancio, así que no he dudado en repetir esta película. Sin duda me ha gustado incluso más que la primera vez, si es que eso es acaso posible.
The Zone of Interest empieza y acaba con unos minutos de música junto a una pantalla en negro (estilo que recuerda al inicio de 2001: A Space Odyssey), y será la única música que escucharemos en toda la película. Lo demás es un sonido perfectamente diseñado que se llevó un merecidísimo Oscar. Glazer ha dicho en algunas entrevistas que algunos de los sonidos fueron grabados en la calle, en situaciones reales. Ha hablado también de la dificultad de decidir cómo introducirlo. La casa de los Höss, que viven junto al campo de concentración de Auschwitz, escuchan de manera constante los sonidos del genocidio y el exterminio, pero parecen ser ajenos a ello. Glazer (y sus técnicos de sonido, Tarn Willers y Johnnie Burn) tiene la difícil tarea de decidir cuánto nos muestra, lo suficiente como para que seamos conscientes de ese horror pero no tanto como para que nos aleje de la experiencia de los Höss, que ya no distinguen los sonidos del horror por ser parte de su día a día. Con una película así, teniendo en cuenta la importancia de su sonido y lo perfectamente calibrado que está, no había duda de que se merecía todos los premios que le dieran. Esto se une a una particular forma de filmar, con diez o quince cámaras rodando al mismo tiempo, ocultas en la estancia para que tanto el público como los actores sientan una experiencia similar a la asociada a Gran Hermano en 1984. No hay ni un solo primer plano en la película, siempre vemos a sus personajes casi como si fuera un documental, lo cual refuerza precisamente lo que intenta hacer. La clara intención de Glazer (y quien no la vea es que no ha entendido la película) es que los malos no son siempre unos seres ajenos, extraños, que se regodean en su maldad y dedican cada segundo a ella. Los malos tienen vidas normales, problemas cotidianos. The Zone of Interest te pone en la terrible situación de encontrarte de alguna manera representado con sus protagonistas. Disfrutamos con ellos del precioso jardín que tienen junto al campo de concentración, nos preocupamos con ellos por si tendrán que mudarse o no. Vemos su día a día, su cotidianidad, y se vuelve trepidante precisamente por eso; ¿acaso podríamos ser nosotros también los malos de la historia y simplemente no darnos cuenta? Glazer ya ha confirmado más de una vez que dejar caer esa pregunta era su intención. Y sin embargo, toda esta extraña situación en la que de vez en cuando te olvidas de los horrores que se llevan a cabo al otro lado del muro (tal y como les pasa a los Höss) ocurre al mismo tiempo que tu mente hace justo lo contrario, no pudiendo centrarte en otra cosa que aquel contraste entre la casa y lo que sabemos que hay detrás. Esperas que alguno de los personajes haga alguna referencia, que mire dramáticamente a la entrada de Auschwitz, pero nunca lo hacen. Para ellos es normal, y a nosotros como público nos vuelve locos. ¿Es esto contradictorio con lo que he dicho antes de que empezamos a identificarnos con los protagonistas? Pues sí. Esa es precisamente la idea. La película busca (en mi opinión) confundirte, ponerte en una situación incómoda y hacerte ver los horrores desde un nuevo punto de vista. Vemos a los niños jugando con dientes, a Hedwig Höss probándose ropa de judías a las que seguramente hayan llevado a campos de concentración, pero lo hacen con tanta tranquilidad y aparente indiferencia que resulta incluso más trepidante que si se mostrara con dramatismo. La banalidad del mal, eso es lo que verdaderamente aterra.
El final de la película es verdaderamente brillante, dándole un cierre perfecto a un largometraje que ya era excepcional. Rudolf Höss, bajando unas escaleras, se frena por un momento para mirar al fondo del pasillo, más o menos donde nos encontramos nosotros. Se pasa a un plano casi completamente negro excepto por un pequeño agujero centrado que parece casi una mirilla, como si Höss estuviera siendo observado. Quizás por nosotros mismos. Unos segundos más tarde, descubrimos que esa falsa mirilla es en realidad una pequeña ventana de una puerta que se abre y nos ilumina el mundo actual. Vemos a personajes limpiando un edificio que reconocemos como un museo del Holocausto, y reforzamos así la idea de que la película ha vuelto a nosotros, a la actualidad. Vemos todos los zapatos de las víctimas del genocidio, nos sentimos un poco más cómodos al volver a nuestro punto actual en el que reconocemos lo ocurrido en la Segunda Guerra Mundial como una verdadera catástrofe. Nos quedamos en ese tiempo por un momento para luego volver al pasado, encontrando de nuevo a Höss mirando hacia el mismo pasillo, y a mi juicio sintiéndose juzgado; por nosotros, que ahora (con la distancia suficiente) sabemos que no es aceptable lo que está haciendo. El protagonista sigue luego caminando, perdiéndose entre las sombras. Da igual que le hubiéramos juzgado desde el futuro, porque el futuro no importa; lo vital es el presente, lo que hacemos en cada instante, lo que justificamos en la parte de la historia que nos ha tocado vivir. Decir años más tarde que las atrocidades cometidas por los opresores eran reprochables no va a arreglar todo lo que se dañó cuando teníamos la oportunidad de actuar.
"[...] para reflexionar y confrontarnos con el presente, no para decir ‘Mira lo que hicieron entonces’, sino ‘Mira lo que hacemos ahora’", decía Glazer en los Oscars. Por si no se entendiera ya con esa frase, dejó más claro más adelante que debemos despertar de nuestro aletargo y darnos cuenta de que, igual que los Höss no parecían darse cuenta de lo atroz de sus acciones, nosotros no parecemos reaccionar mientras vemos cómo Israel repite la historia de la mitad del siglo XX que ya estudiamos en los libros de texto. Soy consciente de la valentía que se debe necesitar para pronunciar en los Oscars las palabras con las que empezaba esta reseña, y por ello respeto y aprecio a Jonathan Glazer todavía más de lo que lo hacía antes. Una nación que financia y apoya el genocidio que está llevando a cabo Israel en la franja de Gaza, junto a la ocupación de Palestina, ha premiado este año tanto a The Zone of Interest como a 20 Días en Mariúpol, sin darse cuenta de que la primera los está representando a ellos y de que la segunda muestra los mismos horrores que hoy en día se viven en la franja de Gaza. Ya lo he dicho más veces antes, pero la historia nos juzgará por nuestro silencio y falta de acción. Glazer lo ha dejado claro: su película no busca centrar la atención en lo que se hizo en el pasado, sino llevarla a lo que hacemos ahora. Muestra, en sus propias palabras, "hacia donde nos lleva la deshumanización". No me queda más que esperar que, a medida que más y más gente vea la obra de arte que es The Zone of Interest, empiecen a entenderla de verdad. Mi más sentido aprecio y respeto a su director, no solo por lo que he podido contar sino por todo lo que no. Tiene toda mi admiración.
Reparto: Sandra Hüller, Christian Friedel, Ralph Herforth, Max Beck, Marie Rosa Tietjen, Sascha Maaz, Stephanie Petrowitz, Lilli Falk
Título en español: La zona de interés