27 de abril de 2025
1988, 124'
(Primer visionado: 8 de agosto de 2022)
Cinema Paradiso es una historia de amor por el cine. Narra la historia de Salvatore, un niño de un pueblecito italiano en el que el único pasatiempo es ir al cine. Subyugado por las imágenes en movimiento, el chico cree ciegamente que el cine es magia; pero, un día, Alfredo, el operador, accede a enseñarle al pequeño los misterios y secretos que se ocultan detrás de una película. Salvatore va creciendo y llega el momento en el que debe abandonar el pueblo y buscarse la vida. Treinta años después recibe un mensaje, en el que le comunican que debe volver a casa.
Pensaría uno que quizás cuando se ha visto Cinema Paradiso ya unas cuantas veces, cuando se conoce la historia, lo que va a ocurrir y la manera en la que se va a contar, la película golpearía un poco menos. Quizás no llegara tanto al corazón, o se podría ver esa gran escena final sin que se humedecieran los ojos. En este, que es mi tercer visionado de la obra de Tornatore, he podido comprobar que nada más lejos de la realidad.
No es nada sorprendente destacar lo importante que es Cinema Paradiso para mí. En 2022 elegí verla como la película número 100 del año para celebrar lo que el cine había hecho por mí en esos siete meses que llevaba (siete meses también de este blog). Es la primera película que aparece en mi top 4 de Letterboxd, y si no tengo un póster en casa de ella es porque no he sido capaz de encontrarlo. Además, es junto a 2001: A Space Odyssey, una de las películas de las que más hablé en la carta de motivación que me permitió acceder a una acreditación en el festival de Cannes de este año. Decir que es relevante para mí sería quedarse cortos, así que a pesar de haberla visto ya varias veces antes, no podía dejar pasar la oportunidad de repetirla en una sala de cine. A pesar de que sea una obra que pueda tocar a cualquiera, Cinema Paradiso es claramente para los cinéfilos. Una carta de amor al arte, la devoción llevada a la pantalla. Nos vemos representados en esos niños que lo hacen todo para colarse en el cine, en Totó cuando gasta el dinero que le ha dado su madre para comprar en conseguir una entrada. Entendemos su fascinación por la sala de proyección, y por qué insiste tanto en estar en ella, en tocar las películas (tanto literal como metafóricamente). Sentimos esa profunda alegría cuando vemos la manera en la que Alfredo hace que la luz del proyector se refleje, llevando la película por las paredes de la sala de proyección hasta que la obra sale por la ventana y acaba cubriendo una pared de la plaza del pueblo, convirtiendo el cine en algo compartido, en un sentimiento común. Apreciamos a cada personaje tan particular en la película, ese hombre que reclama la plaza como suya, incluso el pijo que escupe a aquellos que se sientan bajo él en la sala. Hasta el sacerdote, que va al cine solo para hacer sonar la campanilla cada vez que ve una escena que considera inapropiada para ser proyectada, nos hace una cierta gracia. Sentimos tanto amor y pasión en esa primera parte de la película, que inevitablemente las escenas más difíciles nos tocan de sobremanera. Sentimos el dolor en el pecho cuando vemos al Cinema Paradiso arder, y nos llenamos de emoción cuando se salva gracias a la ayuda de uno de los vecinos, convirtiéndolo en el Nuovo Cinema Paradiso que ahora tiene un nuevo cartel que nos transmite todo lo bueno que tiene que dar la película. Pero sin duda, lo que más nos pega de Cinema Paradiso es su final. Sabemos ya desde el principio que Totó no vive en Bagheria, que ni siquiera visita demasiado, y que Alfredo acaba de fallecer. La historia se hace más dura cuando, llegados al final, acompañamos a Totó de vuelta al pueblo en el que creció para encontrarse el cine cerrado y a punto de ser derruido. Apenas nos hemos recuperado del entierro del viejo proteccionista cuando nos vemos obligados a presenciar la caída del Cinema Paradiso, que nos duele tanto como si hubiéramos sido nosotros los que habíamos crecido allí. Nos hace pensar en lo que simboliza, en terrorífico que nos resulta la idea de un cine obligado a cerrar porque se queda sin su público, indispensable para este arte. Pensamos en si será precisamente esto a lo que nos lleve el avance del streaming, o si quizás los cinéfilos resistiremos hasta el fin de los tiempos, contagiando nuestra pasión a los que vengan detrás. Pensamos mucho, pero no durante demasiado tiempo, porque la escena final de la película llega para asegurarnos de que una obra como Cinema Paradiso no puede acabar en una nota triste, pero no por ello nos libra de las lágrimas que se acumularán en nuestros ojos. Totó se emociona viendo el montaje de todos los besos que el sacerdote obligó a Alfredo a quitar de las películas, y nosotros nos emocionamos viendo a Totó. Él pensará en la magia del cine al ver tal proyección en la gran pantalla, y nosotros sentimos lo mismo que él mientras Cinema Paradiso cierra dejándonos vacíos y llenos al mismo tiempo, recordándonos por qué amamos este arte y la manera en la que nos hace humanos. Mientras se proyectan los créditos uno piensa en todo lo asombroso que han hecho las películas, en lo mucho que nos siguen sorprendiendo a pesar de estar ya tan metidos en este mundo. La mente se va a esos momentos únicos en salas de cine, a las emociones de festivales. Me llegan recuerdos de la primera acreditación de prensa que me aceptó un festival de cine, de caminar por la alfombra roja como público, como prensa y como organización. Del correo que confirmaba que podría formar parte del festival de cine de Cannes este mismo año. No hay nada como la magia del cine, y no hay sentimiento mayor que el que vivimos los cinéfilos en las salas. Cinema Paradiso es, en esencia, un recordatorio de todo ello.
Reparto: Philippe Noiret, Marco Leonardi, Salvatore Cascio, Jacques Perrin, Agnese Nano, Brigitte Fossey, Antonella Attili, Enzo Cannavale, Isa Danieli, Leo Gullotta, Pupella Maggio, Leopoldo Trieste
